Sofía Notario← Volver al blog
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SIBO: qué es, cómo se diagnostica y qué papel tiene la dieta

El SIBO (siglas en inglés de sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado) cursa con hinchazón, gases, digestiones pesadas, dolor abdominal y cambios en el ritmo intestinal. La alimentación es una parte importante de su abordaje, pero no es el tratamiento: el tratamiento lo pauta tu médico o tu digestivo.

Qué ocurre en el SIBO

El intestino delgado no es un tramo estéril, pero sí alberga muchas menos bacterias que el colon. Cuando esa población aumenta o se instalan ahí bacterias que corresponden al intestino grueso, los hidratos de carbono empiezan a fermentarse antes de tiempo, en un tramo donde deberían estar absorbiéndose.

Esa fermentación produce gas dentro de un espacio que no está preparado para acumularlo. De ahí la distensión que muchas personas describen como «me levanto plana y a media tarde parezco embarazada», el dolor, y la alteración del tránsito, que puede ir hacia diarrea, hacia estreñimiento o alternar entre los dos según el tipo de gas que predomine.

Los síntomas digestivos, y los que no lo parecen

Además de la hinchazón, los gases, el dolor abdominal y los cambios en el ritmo intestinal, el SIBO puede dar síntomas que no se asocian de entrada con el intestino:

Cómo se diagnostica

La prueba más utilizada es el test del aliento: se toma un sustrato —habitualmente lactulosa o glucosa— y se mide el hidrógeno y el metano exhalados a lo largo de unas horas. Si esos gases se elevan antes de lo esperado, apunta a fermentación en el intestino delgado.

Conviene saber que la prueba tiene limitaciones y que su interpretación no está exenta de debate: los criterios de positividad y los protocolos han ido cambiando, y un resultado aislado no siempre encaja con lo que cuenta la persona. Es una prueba médica, se pide y se interpreta desde la consulta médica, y forma parte de un cuadro más amplio.

Por qué aparece, y por qué a veces vuelve

El SIBO casi nunca aparece solo: suele ser consecuencia de otra cosa. Las situaciones que lo favorecen son, sobre todo, las que enlentecen el vaciado del intestino delgado o alteran sus barreras:

Esto explica una de las cosas que más frustra a quien lo padece: que reaparezca después de haberlo tratado. Si la causa que lo permitió sigue ahí, el sobrecrecimiento puede volver, y tratar esa causa es lo que previene la recidiva. Por eso el trabajo no termina cuando desaparecen los síntomas.

Qué puede hacer la alimentación

La dieta no erradica el sobrecrecimiento; lo que hace es reducir el sustrato fermentable y con ello los síntomas, mientras el tratamiento actúa sobre la causa. Es un acompañamiento del tratamiento, no un sustituto.

Hay además una parte que no va de quitar alimentos y que suele pasarse por alto: los periodos entre comidas. El intestino delgado tiene un mecanismo de barrido que se activa en ayuno y que ayuda a arrastrar restos y bacterias hacia el colon. Comer cada hora y media interrumpe ese barrido de forma continua, así que ordenar los horarios y respetar descansos entre comidas forma parte del abordaje.

La dieta baja en FODMAP, fase a fase

Los FODMAP son carbohidratos de cadena corta que fermentan en el intestino y sirven de sustrato a esas bacterias. La estrategia tiene el respaldo más sólido en el síndrome de intestino irritable; en SIBO se aplica por extensión y con más matices, así que se valora caso por caso antes de indicarla.

La restricción no está pensada para mantenerse en el tiempo

La fase de restricción tiene fecha de fin desde el principio: prolongarla reduce las bifidobacterias —justamente las que se alimentan de los FODMAP—, empobrece la dieta y, en muchos casos, deteriora la relación con la comida. Es frecuente ver en consulta a personas que llevan meses o años en la primera fase porque mejoraron y nadie les explicó que había una segunda.

Por eso conviene hacerla con supervisión y coordinada con tu médico: para retirar solo lo necesario, durante el tiempo necesario, y recuperar variedad cuanto antes.

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